mayo 6, 2026

La IA puede destruir empleos en España: informe de Funcas

Dos millones trescientos mil puestos de trabajo.

Esa es la cifra que acaba de encender una alarma silenciosa en España. No viene de una película distópica, ni de una conferencia futurista en Silicon Valley, ni de una predicción exagerada lanzada para provocar titulares.

Viene de un informe de Funcas que estima que, entre 2025 y 2035, la inteligencia artificial podría destruir de forma bruta entre 1,7 y 2,3 millones de empleos en España. En el escenario más optimista, la cifra rondaría los 700.000. En el más pesimista, podría superar los 3,5 millones.

Pero lo más inquietante no es solo el número.

Lo verdaderamente importante es a quién apunta.

Durante años, muchas personas imaginaron la automatización como una amenaza para trabajos físicos, repetitivos o industriales. Robots en fábricas. Máquinas sustituyendo manos. Cadenas de montaje cada vez más vacías.

Pero esta vez el golpe no apunta solo al trabajo manual.

La inteligencia artificial generativa está entrando en el corazón de la clase media profesional: administrativos, técnicos, contables, analistas, consultores, mandos intermedios, profesionales científicos y personas que trabajan delante de una pantalla procesando información.

Es decir, personas que escriben, resumen, comparan datos, contestan correos, preparan documentos, revisan informes o toman decisiones basadas en información.

Personas que, hasta hace poco, podían pensar que la automatización era algo que les pasaba a otros.

La IA no siempre sustituye empleos de golpe

Para entender bien esta noticia, hay que detenerse en una expresión clave: destrucción bruta.

No significa que mañana 2,3 millones de personas vayan a recibir una carta de despido. Significa algo más lento, más silencioso y más difícil de detectar.

Puede ser una vacante que no se vuelve a cubrir. Un departamento que deja de contratar. Un equipo que antes necesitaba diez personas y ahora funciona con seis. Una tarea que antes llevaba horas y ahora se resuelve en segundos con una herramienta de IA.

La inteligencia artificial no siempre llega como un robot entrando por la puerta.

A veces llega como una suscripción mensual. Como una nueva función dentro del software de la empresa. Como un botón que resume documentos, redacta respuestas, analiza datos o genera presentaciones.

Y entonces alguien dice una frase aparentemente inocente:

“Con esto podemos ser más eficientes”.

Ahí empieza el cambio.

Por qué esta vez es diferente

La gran diferencia entre la automatización clásica y la inteligencia artificial generativa es que esta última no automatiza solo movimientos. Automatiza lenguaje.

Y el lenguaje es el material invisible de millones de empleos.

Un abogado trabaja con lenguaje. Un administrativo trabaja con lenguaje. Un periodista trabaja con lenguaje. Un comercial trabaja con lenguaje. Un consultor trabaja con lenguaje. Un técnico escribe, interpreta, clasifica, responde y compara información.

La IA no necesita tener manos para entrar en una oficina.

Solo necesita leer, escribir y reconocer patrones.

Un modelo de lenguaje funciona, simplificando mucho, como una máquina entrenada con enormes cantidades de texto para predecir qué palabra, frase o respuesta tiene más sentido a continuación. No piensa como una persona. No entiende el mundo como lo entiende un ser humano. Pero puede producir textos útiles, resumir documentos, traducir, redactar correos, escribir código sencillo, clasificar información y responder preguntas con una velocidad difícil de igualar.

Es como si una empresa pudiera tener, dentro de cada ordenador, una herramienta capaz de hacer borradores, ordenar información y acelerar tareas que antes ocupaban buena parte de la jornada laboral.

Y cuando una herramienta empieza a hacer eso, la pregunta empresarial aparece casi sola:

¿Cuántas personas hacen falta realmente?

España ya está adoptando IA a gran velocidad

Según Funcas, el 21,1% de las empresas españolas de diez o más empleados ya utilizaban al menos una tecnología de inteligencia artificial en el primer trimestre de 2025. En 2023, la cifra era del 12,4%.

Eso significa que, en solo dos años, la IA pasó de ser una herramienta experimental a estar presente en una de cada cinco empresas medianas o grandes.

El sector tecnológico lidera la adopción, con un 58,7%. Después vienen los servicios, con un 25,7%; la industria, con un 17,5%; y la construcción, con un 11,4%.

La imagen es clara: la IA entra primero allí donde el trabajo depende más de la información.

Tecnología, servicios profesionales, consultoría, finanzas, comunicación, administración, marketing, banca, recursos humanos, atención al cliente.

Los lugares donde el trabajo no se mide en cajas movidas, sino en correos enviados, informes entregados, llamadas respondidas, datos interpretados y decisiones documentadas.

El riesgo no está donde muchos esperaban

Hay un dato especialmente interesante: España tiene una exposición media-alta a la IA respecto a otros países de la OCDE. Funcas calcula que un 27,4% de la fuerza laboral española está expuesta a esta tecnología, frente al 26% de media.

Sin embargo, el riesgo real de automatización sería menor: un 5,9% en España frente al 12% de la media.

¿Por qué?

Porque España tiene mucho empleo en sectores físicos, presenciales e interpersonales: hostelería, comercio, turismo, construcción, cuidados y servicios donde la presencia humana sigue siendo esencial.

Una IA puede redactar un informe.

Pero no puede servir una mesa en plena hora punta, arreglar una tubería, cuidar a una persona mayor, colocar ladrillos bajo el sol o gestionar cara a cara a un cliente enfadado.

Al menos, no todavía.

Eso no significa que España esté protegida. Significa que el impacto será desigual.

La IA no necesita destruir todo el mercado laboral para transformarlo. Basta con que afecte a los puestos donde se procesa información, se toman decisiones, se gestiona documentación y se organizan procesos.

Y ahí el informe es muy claro.

Los grupos más afectados serían técnicos y profesionales científicos, técnicos y profesionales de apoyo, empleados contables y administrativos, y directores y gerentes.

En términos absolutos, Funcas estima unos 906.000 empleos afectados entre técnicos y profesionales científicos, 527.000 entre técnicos de apoyo, 417.000 entre administrativos y contables, y 150.000 entre directores y gerentes.

Esto rompe una idea muy instalada: que estudiar, formarse y conseguir un empleo cualificado garantizaba protección frente a la automatización.

La IA no ataca solo la falta de formación.

Ataca tareas.

Y muchas tareas cualificadas son tareas de información.

No todos serán sustituidos: algunos serán multiplicados

La historia no es tan simple como “la IA destruirá millones de empleos”.

Funcas también señala que entre 2,8 y 3,5 millones de trabajadores podrían experimentar mejoras de productividad sin que sus puestos desaparezcan.

Esa es la otra cara de la inteligencia artificial.

Para algunos trabajadores, será una amenaza directa. Para otros, será una herramienta que les permitirá hacer más, mejor y más rápido.

Un empleado de comercio puede usar IA para gestionar inventarios. Una pyme puede crear campañas de marketing que antes no podía pagar. Un técnico puede preparar presupuestos con más rapidez. Un profesional puede resumir documentos, ordenar datos y generar borradores en minutos.

La IA no es solo una guillotina.

También es una palanca.

Pero las palancas no levantan a todo el mundo por igual.

El verdadero problema no es solo cuántos empleos desaparecen, sino quién tiene capacidad de adaptarse a los nuevos empleos que aparezcan.

Porque decir “se crearán nuevos trabajos” suena tranquilizador, pero no responde a la pregunta más importante:

¿Para quién?

Un administrativo de 52 años no se convierte automáticamente en especialista en inteligencia artificial. Un técnico con años de experiencia no cambia de sector de un día para otro. Una persona que lleva quince años haciendo informes no siempre tiene tiempo, dinero o energía para reinventarse mientras paga una hipoteca, un alquiler o mantiene una familia.

La economía habla de reasignación.

Pero para una persona concreta, esa reasignación puede sentirse como una caída.

Como empezar de cero.

Como descubrir que la habilidad que te daba estabilidad ya no vale lo mismo.

El mayor peligro es la velocidad

La revolución del ordenador tardó décadas en entrar en cada oficina. Había que comprar máquinas, instalar programas, formar empleados y cambiar procesos internos.

La IA entra por el navegador.

Una empresa puede probarla hoy, integrarla mañana y reorganizar tareas en cuestión de meses.

Ese es el gran giro.

No es solo que la tecnología sea poderosa. Es que puede difundirse muy rápido.

Y cuando una tecnología reduce costes, las empresas competidoras sienten presión para adoptarla. Si una consultora puede entregar el mismo trabajo con menos horas, las demás tienen que responder. Si un banco automatiza atención al cliente, análisis o documentación, los demás miran sus costes. Si una gran empresa gana productividad con IA, las pequeñas pueden quedarse atrás.

Y aquí aparece otro riesgo importante para España: las pymes.

Funcas recuerda que las pequeñas y medianas empresas representan el 99,8% del tejido empresarial español y alrededor del 70% del empleo privado. Si la adopción de IA se concentra en las grandes empresas, la brecha puede ampliarse.

Esto ya no sería solo una historia de trabajadores frente a máquinas.

Sería también una historia de empresas grandes frente a empresas pequeñas. De quienes pueden pagar integración tecnológica frente a quienes apenas tienen margen. De empleados que reciben formación interna frente a trabajadores que tienen que aprender solos.

La IA puede hacer que la economía sea más productiva.

Pero también puede hacerla más desigual.

La paradoja española

Lo más llamativo es que esta amenaza aparece en un momento de fortaleza laboral.

Según el informe, España cerró el cuarto trimestre de 2025 con 22.463.300 ocupados y una tasa de paro por debajo del 10% por primera vez desde el primer trimestre de 2008.

Es decir, la IA empieza a mostrar su impacto potencial justo cuando el mercado laboral español vive uno de sus mejores momentos recientes.

Esa es la paradoja.

No estamos hablando de una economía hundida que recibe otro golpe. Estamos hablando de un mercado laboral fuerte que se enfrenta a una transformación profunda desde dentro.

Y eso abre dos caminos.

El primero: aprovechar esta ventana para formar trabajadores, adaptar empresas, preparar transiciones y convertir la IA en una herramienta de productividad compartida.

El segundo: esperar demasiado, dejar que cada empresa improvise y descubrir dentro de unos años que el mercado cambió más rápido que la educación, la política y la formación profesional.

La inteligencia artificial no va a esperar a que estemos preparados.

Ya está entrando en los correos, los documentos internos, los sistemas de atención al cliente, la programación, la contabilidad, la banca, el periodismo, el marketing y la consultoría.

Primero como ayuda.

Después como estándar.

Y finalmente como expectativa.

Porque cuando una herramienta permite producir más rápido, lo extraordinario se convierte en normal.

Antes, entregar un informe en tres días podía ser razonable. Después, será lento. Antes, preparar diez versiones de una propuesta era excesivo. Después, será lo mínimo. Antes, saber usar IA era una ventaja. Después, quizá será como saber usar Excel.

El futuro no será humanos contra IA

Una de las frases más repetidas sobre esta revolución es que el futuro no será humanos contra inteligencia artificial, sino humanos con IA contra humanos sin IA.

Tiene parte de verdad.

Quien sepa usar estas herramientas tendrá ventaja. Podrá producir más rápido, analizar más información, generar mejores borradores, automatizar tareas repetitivas y dedicar más tiempo al criterio, la estrategia y la toma de decisiones.

Pero esa frase también esconde una trampa.

No todos tendrán el mismo acceso. No todos recibirán la misma formación. No todos trabajarán en empresas capaces de invertir. No todos podrán reconvertirse al mismo ritmo.

La tecnología abre posibilidades.

Pero las decisiones humanas reparten sus consecuencias.

Una empresa puede usar IA para eliminar tareas tediosas y mejorar el trabajo humano. O puede usarla para despedir, intensificar ritmos y exigir más por menos.

Puede liberar tiempo.

O puede convertir cada minuto liberado en una nueva exigencia.

Por eso esta noticia importa.

No porque mañana desaparezcan millones de empleos, sino porque pone números a una inquietud que muchos trabajadores ya sienten: la sensación de que algo ha cambiado.

De que tareas que parecían seguras ahora pueden automatizarse.

De que el valor de un profesional ya no estará solo en hacer, sino en decidir qué hacer, cómo supervisarlo, cómo corregirlo y cómo aportar criterio.

La IA puede escribir un texto.

Pero alguien debe saber si ese texto es verdadero, útil, legal, oportuno y ético.

La IA puede analizar datos.

Pero alguien debe entender qué significan.

La IA puede producir borradores infinitos.

Pero alguien debe saber cuál merece existir.

La cifra no es una profecía, es una advertencia

Los 2,3 millones de empleos no son un destino inevitable.

Son una señal.

Una advertencia de que la inteligencia artificial puede transformar el mercado laboral español de forma profunda durante la próxima década.

El futuro no está escrito, pero ya ha empezado a escribirse. Y una parte se está escribiendo en empresas, despachos, bancos, consultoras, departamentos administrativos y centros de datos.

La gran pregunta no es solo si la IA destruirá empleo.

La pregunta es qué tipo de trabajo quedará, quién podrá adaptarse y quién se quedará atrás.

Quizá la inteligencia artificial no nos quite el trabajo de golpe.

Quizá haga algo más sutil: cambiar el valor de cada tarea hasta obligarnos a reinventar lo que significa ser útil.

Y ese puede ser el verdadero desafío.

No competir con la máquina en velocidad.

Sino demostrar qué parte del juicio, la responsabilidad, la creatividad y la comprensión humana sigue siendo imposible de automatizar.

Fuente: https://www.elmundo.es/economia/empresas/2026/04/29/69f24d11e4d4d8a1088b4579.html

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